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viernes, 27 de enero de 2012

Memorias de metal. Dos: Reencuentro en el hielo.

Sabía que no estaba bien lo de fumar. A ti no te gustaba que lo hiciese, pero ya no estabas, así que me daba igual. Tampoco que condujese sin carné con el coche de mi difunto tío. Sin contar que aún no había cumplido los dieciocho.

Subí el volumen de la radio. Sonaba "All the money or the simple life honey" de The Dandy Warhols, así que dejé sonar la música y me dejé llevar.
A través de los cristales del coche se colaba la luz del sol, aunque eso no quitaba que hiciese frío. Seguía siendo invierno aunque el cielo no pensase lo mismo.

El viento que entraba por la ventana del asiento del conductor me helaba las entrañas. Quizás si no fuese en tirantes en esa época del año ayudaría, pero lo cierto es que el frío me reconfortaba. Me recordaba a ti.

Aunque estuvieses helado, para mí estabas cálido. Fuiste mi refugio en los días en los que la muerte y la amargura me acechaban.

Te imaginé acariciando mi pelo, tus dedos del color de la nieve formaban un contraste precioso con el naranja con reflejos rojos. Todo parecía más fácil cuando estabas conmigo.

Se hacía de noche, y el cielo comenzó a adquirir un tono morado. Ya me acercaba a nuestro antiguo refugio. Faltaba poco para el desvío. Entonces, todo comenzó a ralentizarse. Mis movimientos, la música, el velocímetro. Los colores comenzaron a desaparecer. El blanco, el rojo y el azul remplazaron el naranja del atardecer.


El cigarro se me cayó de la boca.
Apareciste frente al que ya era mi coche. El torso desnudo, pantalones negros con tirantes caídos a los lados y descalzo.


Conocía muy bien ese atuendo. Abrí la puerta del vehículo rápidamente y corrí hacia ti. Al lanzarme hacia tus brazos, me encontré con la nada.


Arrodillada en el asfalto, me sequé las lágrimas. Sabía que seguías allí, aquella particular mezcla de colores te delataba.


Escuché un golpe fuerte y seco. Solo podías ser tú. Éramos los únicos que podían moverse en aquel lugar más allá del tiempo.


Era una señal. Y venía del camino hacia nuestro particular santuario. Decidí seguir el camino a pie.


La oscuridad me acechaba. Si me perdía en aquel lugar que no entendía de tiempo, jamás podría volver a mi vida.


Faltaba poco para llegar.
Y allí estabas. Bajo el árbol, sobre la losa de piedra en la que escribimos nuestros nombres cada cada uno con la sangre del otro.


No me moví. Esperé a que te acercases.


Me acariciaste la mejilla y me besaste el cuello.
Acercaste tus labios a mi oreja y casi pude sentir el vaho en mi oído.


-Tenemos que dejar esto. Estoy muerto.
-No me importa.
-Olvídame. No puedes seguir toda la vida enamorada de tu novio muerto.
-No me importa -dije mientras besaba tu pecho.
-No es sano. Llegará un día en el que no puedas llamarme. No tendrás fuerzas.
-No me importa -tuve que ponerme de puntillas para poder besar tu hombro.


Desabroché tus pantalones.
-No... me importa -suspiraste.

martes, 29 de noviembre de 2011

Memorias de metal. Uno: Una llama en el firmamento.


Cerré los ojos mientras escuchaba aquellos tenues acordes de guitarra que resonaban en mis oídos.
Una simple, perfecta y bella lágrima acarició suavemente mi rostro, evocando recuerdos que se hallaban muertos. Como tú. Mi perfecto compañero de juegos. Me acompañaste el día de mi renacimiento y durante todo el resto de mi vida.

Hasta que desapareciste. Tu corazón negro dejó de respirar y se detuvo en un momento fantasmagóricamente hermoso.

Volví a imaginarte, tan alto como siempre. Tu cabello negro, corto y alborotado. Tus perfectas facciones. Aquellos ojos azules como el hielo, que me hacían arder por dentro. Rodeados por una fina capa de maquillaje negro, siempre sabían cómo sonreírme y hacerme sentir viva. Tu nariz, perfectamente proporcionada, y tus labios gruesos pero en su justa medida, que fueron los mejores que besé en la vida.

Di un grito. Me dolía el corazón, porque ya no estabas. E incluso, un año después de tu muerte, aún me sentía muerta sin ti. Muerta en vida.

Me levanté de la cama y encendí una vela. Humedecí el dedo y acaricié la pequeña llama. La llama que me decía que, quizás, en alguna parte del mundo, o, solamente en mi corazón, estabas vivo. Que me esperarías, que te encontraría, te abrazaría y nunca te soltaría, porque no iba a volver a dejarte morir, dejando un pétreo cadáver de dieciocho años en mis brazos como la última vez que vi tus ojos abiertos.

Me mordí el labio y dejé que las lágrimas cayeran sobre la vela, que no se apagaba, seguía encendida, como tú en mi interior. Alcé la vista y vi en el espejo mis ojos castaños enrojecidos de tanto llorar. El gorro de lana verde que me regalaste en mi decimoséptimo cumpleaños seguía cubriendo gran parte de mi pelo rubio oscuro -tan largo como a ti te gustaba-, y mis labios estaban quemados del frío.


Acerqué mi nariz a la vela, tan recta como ella, y percibí el embriagador olor a frutas rojas que tanto te gustaba.


Me desnudé delante del espejo, esperando un abrazo desde atrás como solías hacer, pero solo respondió el  frío de aquella noche de invierno.


Entonces apareciste detrás de mí. La estancia se llenó de colores rojo, blanco y azul. El tiempo se paró, y era solo para los dos.


–Estaba esperándote –dije.
No se escuchó el más mínimo sonido. Estabas demasiado ocupado besando mi cuello.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Tu piercing labial me recorría el hombro, y el metal me helaba la sangre. Tu mano me sujetó la cintura y comenzamos a besarnos de espaldas al espejo. Entonces, separaste de mí tus labios sin dejar de abrazarme y comenzaste a hablar.
–Hola –respondiste.
–Te echo de menos.
–Ya lo sé. Por eso he venido.
–Podrías visitarme más a menudo.
–Sabes que no puedo.


Pausa. Todo volvió a su color.
Volvía a estar sola.


Deseando que todo volviese a ser como antes, me metí en la cama y dejé que el frío acariciase mi cuerpo desnudo.