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martes, 17 de mayo de 2011

Luna


Bien entrada la madrugada, aún no dormían. Él la abrazaba con ternura mientras mantenían una conversación. Era lo que más le gustaba de él. Podía contarle todas sus preocupaciones, incertidumbres, prontos... Desde que habían alquilado aquel pequeño piso, no hacía más que mirar el reloj en el trabajo contando las horas que le faltaban para verle.

Aunque no pudiesen pasar los días juntos, la luna estaba allí para acogerles. Por eso, cada vez que miraba a la luna le sonreía. Y tenía la certeza de que, en las noches en las que estaba llena, le devolvía la sonrisa. Tenía un vínculo especial con ella. Desde pequeña, su abuela le había enseñado la importancia de la luna, su fuerza. Un tierno beso en el vientre de la chica la hizo volver a la realidad.

   -Quiero que nuestra hija se llame Luna -dijo entre sonrisas.
   -Se llamará Luna -coincidió su interlocutor - Solo faltan dos meses.
   -Y tras esos meses, llegará la fecha más anhelada de nuestras vidas.

Cerró los ojos, dispuesta, más que nunca, a ser paciente.

Para mi verdadera Luna. )O(

lunes, 16 de mayo de 2011

Caperucita roja



Caperucita Blanca caminaba por el bosque sin rumbo aparente. Daba rodeos, vueltas, más rodeos. Jugueteaba con una navaja que le había robado a su padre. Se realizó una pequeña incisión en la palma de la mano y comenzó a dibujar líneas escarlata en su piel. Cuando pasó su lengua por la palma para probar la sangre se dio cuenta que un lobo hambriento comenzaba a gruñirla. En mitad de la nieve y el frío podía distinguir el aliento maloliente del gris animal en el ambiente.

Para provocarle, Caperucita comenzó a extender su mano por su cuerpo, untando su caperuza de sangre. El lobo parecía cada vez más deseoso. Entonces, movió sus fuertes patas en dirección a la niña, que sonreía malévolamente, a sabiendas de lo que iba a ocurrir a continuación.

El salto duró apenas un segundo. El lobo se vio reflejado en los ojos furibundos de Caperucita. En ese momento, se dio cuenta de que aquellos ojos serían lo último que vería en vida.

Caperucita clavó su navaja en el estómago del lobo con una fuerza descomunal.

Abrazó al lobo una vez muerto, que sangraba sin cesar llenando la caperuza y la nieve de sangre.

Caperucita se tumbó en la nieve, cerró los ojos y comenzó a reír con maldad.

Allí se quedó dormida, junto a su lobo, con la caperuza ya completamente teñida de rojo.
A partir de entonces, comenzó a llamarse Caperucita Roja.